La Ira de los Ancestros

 

El Sol no calentaba tanto como en las pasadas jornadas. La pequeña pelirroja de origen tribal del norte intentaba otear el horizonte desde lo más alto de la duna. Por un momento sus ojos se fijaron en un punto del horizonte e intentó volver a otear en el rastro del suelo.
- ¡Padre! – gritó hacia atrás. – La tormenta de arena ha borrado el rastro, solo nos queda viajar hacia el este como dijo el viejo.

 

De detrás de ella surgen a paso más lento dos hombres enormes, vestidos con atuendos tribales similares a los de ella. Uno parece más mayor que el otro, se le ve con el rostro algo pálido. El que es más joven de los dos hombres le dice a la pequeña:
- Sonya, no berrees tanto. Que no te engañe la tranquilidad del desierto – Se pone al lado de la joven y le pasa la mano encima de la cabeza por el pelo, en señal de afecto. La pequeña solo sonríe mordiéndose la lengua, aceptando su error.

 

El más mayor de los dos cuando llega a su altura comienza a hablar:
- Llevamos dos días sin ver a la caravana. Podéis dejarme y continuaré yo solo, nos veremos en la ciudad del desierto – el gran Ceohal parece afectado. Su voz no suena como siempre y su semblante pálido no acompaña.
- ¡Qué dices viejo! No me imagino un camino sin tus historias. No debe quedar mucho según dijo Caín. No habrá ya rastro por la tormenta de arena pero sabemos hacia dónde dirigirnos – dice Ordkrum de forma decidida y animada, mientras sonríe a la pequeña Sonya, la cual ya le está intentando morder la mano para jugar.

 

En ese momento, los ojos del viejo Ceohal se cierran. Recuerda porqué están ahí. Pidió a los suyos que le acompañaran un paso por detrás. La excusa fue que no quería dejar que los demás le vieran enfermo o débil. La realidad, es que no quería atraer a los carroñeros de Anaroch sobre la caravana. Se sentía débil, pero ya había enfermado otras veces, nada que no pudiera superar.

 

Cuando fue consciente de lo que ocurría, había caído duna abajo rodando. Había perdido el conocimiento durante un momento y Ordkrum y Sonya corrían detrás de él llamándole. Le ayudaron a ponerse en pie y el viejo tosió arena. Les apartó para que vieran que se podía mantener en pie por sí mismo. La temperatura seguía cayendo y la fiebre de Ceohal subiendo. Pero aún era mediodía. ¿Qué pasaba en este maldito desierto?

 

 

De repente la tierra comenzó a temblar. Como si el suelo estallara comenzaron a surgir del suelo salpicando arena. Demonios de piel azulada, con tatuajes mágicos y grandes cascos de metal sobre su cabeza dejando solo sus temibles fauces a la vista. De sus vestimentas, colgaban lo que parecía trofeos humanos recogidos de sus víctimas. Bramaban preparados para el combate cuando Ordkrum desenvaina y en medio del chillido le sega la cabeza a uno. Solo faltan 20 más.

 

El combate comienza y los bárbaros se lanzan al choque. Los hechizos comienzan a sobrevolar sus cabezas y la arena empieza a teñirse de rojo. Ordkrum y Sonya se sincronizan perfectamente, la pequeña rueda y con su hacha consigue partirle el torso a uno mientras el joven bárbaro la protege de su temeridad por avanzar tan rápido.

 

Ceohal sin embargo grita a los cielos pidiéndoles fuerza a sus ancestros, empuña sus armas y comienza a descuartizar a sus enemigos por doquier. A su derecha, a su izquierda, un quiebro y protege su espalda. Utiliza todas sus fuerzas en mantenerse vivo y no ser un estorbo, pues no ha llegado el fin de sus días.

 

De repente la tierra vuelve a temblar y aparece un gigantesco escarabajo cubierto de runas demoníacas. Estaba más que claro de quien era culpa el cambio del clima y los ataques. Tocaba pasar nuevamente a la acción.

 

Sonya ni se lo pensó, lanzándose a por las patas de la bestia. Su caparazón resplandecía demasiado al Sol como para ser blando y no se la jugó a mellar el arma. Seccionó una de las extremidades saltando una sangre corrosiva y verde que donde caía hacia que el material o la carne se deshiciera. Ordkrum nuevamente sale en socorro de la temeraria pequeña, la coge con un brazo girando sobre sí mismo y salta, evitando que la bestia les aplaste. Ahora el gran escarabajo comienza a bramar con furia a Ceohal.

 

Pero el viejo ya estaba preparado y con un movimiento ascendente, clava sus dos espadas en el paladar de la bestia, retirándolas y rodando debajo de él escarabajo haciendo que grite de furia. Al levantarse, entalla de nuevo sus armas en la panza de la bestia, haciendo que promulgue un gran alarido, pero cayendo parte de esa sangre corrosiva en su brazo derecho. Ceohal grita de dolor quitándose de la trayectoria en la cual la criatura se va a dejar caer, en su último esfuerzo.

 

El escarabajo aún se remueve pero es Sonya la que comienza a correr por todo su caparazón hasta llegar a su cabeza, levantar su hacha con las dos manos y hundirla en el cráneo, dejando finalmente sin vida al ser que ha intentado matarles. Ordkrum corre a auxiliar a Ceohal, el cual comienza a extender su ungüento y vendar el brazo de su compañero.
- Eres del monte Arreat, vivimos para limpiar la vergüenza de nuestros antepasados. No vas a morir así – le grita Ordkrum a su compañero.
- No puedo irme aún, tengo que enseñarte para que puedas enseñar en decencia a esa cría – dice Ceohal casi riendo.

 

El viejo es duro y lo ha demostrado en el pasado. Se levanta y cogen sus pertenencias, dejando los cadáveres de los demonios detrás. Ahora ya saben a ciencia cierta, que por allí ha pasado el mismísimo vagabundo que viaja hacia el este. Siempre hacia el este.