El Señor del Dolor

En medio de la oscuridad del Cañón de los Magos, el Vagabundo atraviesa el desierto atravesando su espada. Su pequeño acompañante le sigue temeroso sin saber lo que se avecina. Lo que antes era Aidan, hijo del Rey Leoric camina hacia una de las siete tumbas de Tal’Rasha. Según entran en el interior de la cavernosa tumba, construida como una antigua pirámide inspirada en las viejas Salas de la Muerte, el viento se mueve y el rastro queda oculto. Es como si nadie hubiera pasado por allí nunca.



“No eres nadie. El eterno segundón de otros”

 

 

Del medio de la arena, un gran ser surge de las entrañas de la tierra. Tamaño gigantesco, tiene varias patas en todos sus cuartos traseros, casi arrastrándose como un insecto. La coraza natural que recubre cada parte de su cuerpo rezuma un líquido viscoso y asqueroso semitransparente, que su simple olor recuerda quizás a los venenos más poderosos de la tierra. Dos brandes brazos acabados en cuchillas y una cabeza alargada con múltiples ojos y unas fauces terribles. No queda duda de quién es y de que procede del mismo infierno.



“¡Mira tu poder! Te tienen desaprovechado”



Duriel se mueve rabioso, en cólera y a una velocidad alarmante. Agita la arena de su alrededor, buscando presas, víctimas que destrozar y mutilar. Su rabia es causa del castigo que le imponen. Su papel en la rebelión de los infiernos no fue como él quiso y acabó siendo traicionado. Ahora Diablo paga con él su intento de rebeldía, castigándole a ser quien contenga a cualquiera que intente seguirle. Pero Duriel es una bestia voraz y peligrosamente rápida, acabará con cualquiera que intente acercarse. Lleva ya algún tiempo aquí. Los cadáveres que han engullido el desierto han sido gracias a él. Pero su sed de sangre no se sacia con cualquiera. Merodea esperando la presa perfecta.



“Todo error tiene un precio. Incluso para ti, Señor del Dolor”



De entre la oscuridad una pequeña luz se enciende. Una mujer avanza con las típicas ropas del desierto, totalmente cubierta, incluida la cabeza. El color que más predomina en ella es el rojo, el fuego del desierto. Con cualquier otro, Duriel se habría lanzado, aunque hubiese sido un pequeño demonio fuera de su lugar. Cualquier cosa serviría para intentar aplacar su ira. Con la mujer no, la observaba dubitativo.

“Yo soy la luz entre la oscuridad de tu futuro”



La Dama de Rojo llegó a una distancia de casi poder tocarle. No tenía ningún miedo. La luz tenía su origen en una pequeña llama que flotaba encima de la palma de su mano. Apoyó su mano en uno de los caparazones de Duriel y vio como el líquido cubría su mano. El veneno no le hacía efecto y el Demonio Menor se limitó a observar, curioso por lo que estaba ocurriendo.



“Mi poder no es tal como el vuestro, pero juntos podemos conseguir grandes cosas”


Ella se ahuecó la tela que le cubría la cabeza y le dirigió unas palabras al poderoso demonio:
-    Oh Duriel. Aquí solo sin ser valorado. No nos entienden. Pero nos tenemos el uno al otro. Yo te ayudaré y tú lo harás conmigo – la voz melodiosa de ella casi retumbaba en todo el cañón, penetrando dentro de la cabeza del ser del infierno. – Pero tenemos mucho que hacer. Mía debe ser la Joya del Desierto y para ello tendremos que tender un embuste, una trampa. Déjales que vengan a por Tal’Rasha, déjales que intenten contemplar el espíritu de Baal aprisionado. Va a ser nuestro deber romper el equilibrio y el ciclo. Es hora de que este mundo comience a funcionar a nuestro antojo.

Los dientes de Duriel ven la luz ante la mujer que le entona esas palabras. Lo que al principio parece una amenaza, acaba torciendo su expresión. Sonríe ante la propuesta de la desconocida. Que tiemble Lut Gholein por los horrores que se avecinan contra ella.

 

“Traicionaremos a nuestro pasado, asesinaremos a nuestro presente para vivir un futuro”