Es la última noche que los héroes pasarán en Lut Gholein antes de zarpar en el barco de Meshif hacia Kurast. El druida sale de su tienda, en silencio, absorto en sus propios pensamientos. Sin medir sus pasos se interna en el frio de la noche del desierto, fuera de las murallas de la ciudad.

 

Hay luna nueva, llueve y la noche no puede ser más cerrada. La visibilidad es casi nula y solo le rodea la oscuridad. Él camina sin rumbo establecido, sin saber a dónde le llevarán sus pies. Todos sus sentidos, todo su ser, es uno con la naturaleza. No conoce el desierto, no sabe a dónde va, pero sabe lo que quiere encontrar.

 

Lo ha perdido todo, su hogar, a los suyos, su mujer, sus hijas… Ha sacrificado a sus compañeros y solo conoce la desgracia. La pena es lo único que ha conocido desde que ha conocido este mundo, pero ha aprendido que lamentarse por ello no sirve de nada. Con el paso del tiempo sus lamentos se han ido convirtiendo en rabia y su pena en venganza. Una que aún no ha podido ser saciada ni destripando demonios con las enormes garras de su forma de guerra.