Lo que está Muerto no puede Morir

 

 

 Es la última noche que los héroes pasarán en Lut Gholein antes de zarpar en el barco de Meshif hacia Kurast. El druida sale de su tienda, en silencio, absorto en sus propios pensamientos. Sin medir sus pasos se interna en el frio de la noche del desierto, fuera de las murallas de la ciudad.

 

Hay luna nueva, llueve y la noche no puede ser más cerrada. La visibilidad es casi nula y solo le rodea la oscuridad. Él camina sin rumbo establecido, sin saber a dónde le llevarán sus pies. Todos sus sentidos, todo su ser, es uno con la naturaleza. No conoce el desierto, no sabe a dónde va, pero sabe lo que quiere encontrar.

 

Lo ha perdido todo, su hogar, a los suyos, su mujer, sus hijas… Ha sacrificado a sus compañeros y solo conoce la desgracia. La pena es lo único que ha conocido desde que ha conocido este mundo, pero ha aprendido que lamentarse por ello no sirve de nada. Con el paso del tiempo sus lamentos se han ido convirtiendo en rabia y su pena en venganza. Una que aún no ha podido ser saciada ni destripando demonios con las enormes garras de su forma de guerra.

 

Se rodea de los que a sí mismos se hacen llamar héroes y que, como él, no son más que una panda de desgraciados que solo se tienen los unos a los otros. Son monstruos que matan monstruos, vanagloriados por los débiles que no se atreven a levantar un arma contra el enemigo. Pero algunos de ellos le han perjudicado. Una líder sin hermanas a las que liderar, capaz de abrazar a las abominaciones que un manipulador de cadáveres le pone delante. Un ladrón que mira más por su propio ego que por sus compañeros. Un guerrero que se pasa más tiempo bebiendo que luchando. Un bárbaro perdido que se aferra a una niña pequeña más que a sus armas. Un médico que usa más la palabrería que sus dones medicinales. Y una panda de usuarios de la magia a los que solo les preocupa medirse los unos con los otros mientras alteran el orden natural con sus corruptos dones. Pero en definitiva, un grupo variopinto que ha unido camino y que solo se tienen unos a otros. Un grupo por los que el druida lo ha dado todo, eligiéndolos a ellos por encima de sus compañeros y de su difunta familia. Un grupo que no entiende el ciclo natural de la vida y los sacrificios que han de hacerse para que este prevalezca.

 

Tras un tiempo andando sin rumbo pero con un objetivo, el druida encuentra lo que buscaba: un pequeño oasis en medio del desierto. Mientras se adentra en él, los árboles comienzan a espesarse y de la arena comienzan a salir brotes verdes recordando los pasos que ha dado hasta ese lugar.

 

Siempre le hablaron de un círculo prohibido. Unos druidas que se desviaron del camino eligiendo seguir el ciclo de una forma impura. En su aprendizaje sobre la naturaleza aprendió este camino para saber que no debía seguirlo. Pero la ira, no le da otra solución. Mientras se despoja de sus pieles, prendas de ropa y toda indumentaria, no deja de repetirse a sí mismo el nombre de cada una de sus hijas y que aceptar el fin del ciclo será el medio para vengarse de todo el mal que conoce.

 

Comienza a llover en el oasis. El clima se ve cambiado, pero no como hace unas semanas. La naturaleza lo pide y se lo da al usuario de la naturaleza. Desnudo, empapado por la lluvia y con los pies hundidos en un charco de barro, arranca una hoja de la palmera más cercana y se raja con ella el antebrazo. Deja caer su mano para que la sangre la inunde su piel. Seguidamente, hunde su mano con fuerza en el suelo, comienza a escribir runas en el suelo con sangre que se mezcla con el barro que le rodea. Con la misma mezcla de lodo y sangre comienza a escribir con un dedo las mismas runas sobre todo su cuerpo. Cuando la lluvia borra cada runa el druida vuelve a coger barro y sangre y a dibujarla de nuevo en un proceso que solo terminará cuando el druida, casi desangrado y viendo su final caiga desmallado.

 

La vista se le empieza a nublar y las fuerzas comienzan a fallarla, pero no deja de escribir. A los animales que lo sienten como un igual y acuden en su ayuda solo les grita y les ahuyenta. Ha decidido hacer su último sacrificio y este ha de ser solo.

 

Los animales de repente huyen, y es que el desierto no quedó limpio. Alimañas y demonios libres del influjo de sus amos, buscan algo que devorar o corromper. Algo les impide acercarse hasta el druida, rugen y braman fieros intentando alcanzar su alma. Algún animal no fue rápido y ya está siendo devorado, pero esa sangre no es suficiente para ellos. Quieren sangre humana.

 

Y el druida finalmente cae.

 

Su respiración apenas se nota, aunque tenga los ojos abiertos ya no ve, ha dejado de oír la lluvia caer y lo único que siente es cómo su cuerpo comienza a hundirse en el barro y a medida que va quedando completamente sumergido en esa mezcla negra, su vida se va apangando.

 

Al amanecer, el grupo comienza a embarcar en el navío del viejo Meshif. Ese maldito pirata apesta a alcohol a cualquier hora del día y su estrafalaria tripulación da más risa que respeto. Pero son los mejores, sin olvidar los únicos, que llevarían a una panda de locos hasta Kurast en plena guerra demoníaca detrás del Señor del Terror.

 

Están todos a bordo pero uno no aparece. La Capitana brama pidiendo explicaciones de quien falta y porqué del retraso, hasta que sale a resurgir el nombre de Ardesc. Pide que lo vayan a buscar y en un simple vistazo, en la pasarela hay un encapuchado. Alguien taciturno, oculto entre muchas pieles y ropajes. Camina descalzo, dejando huellas de barro negro en la cubierta. Xiuna y Linbeorn no dudan en ponerse en guardia mientras los Cruzados se miran entre ellos sin poder ver nada demoníaco en él.

 

El encapuchado se acerca a la amazona y levanta la cabeza. Laianna puede ver el rostro de alguien que lo ha perdido todo, alguien que lo está pasando realmente mal. Pero la ira de esos ojos es lo que la hace ver que su compañero druida está preparado para el combate. Ella le retira la mirada y le indica a Meshif que partan de inmediato. Ya están todos a bordo. El druida irá a la bodega, donde no le dirá nada a nadie durante todo el viaje. Los monjes se acercan a él, intentando que encuentre la paz en su espíritu, pero él no interrumpe sus rezos por nada, solo contempla la cubierta donde ha grabado esas runas que ahora recorren parte de su piel como marcas de acero incandescente.

 

Mientras tanto en el desierto, donde antes había un desierto, ahora hay un pozo de brea rodeado de cadáveres de demonios. Un pozo de líquido negro y burbujeante que solo traerá mal y destrucción a todos aquellos que lo merecen, cambiando un recurso vital por un castigo para el débil y pecaminoso, contra aquel que atenta a la naturaleza.

 

Ya es hora de que la ponzoña inunde al grupo para ajusticiar a aquellos que no cumplen el ciclo natural de la existencia.