Un Lugar Llamado Muerte

 

Quedaba poco para el alba. El barco de Meshif ya estaba atrás y los héroes avanzaban en pequeños botes. Demasiado saturados de gente, se mantenían a flote de milagro. Un leve movimiento y el tintineo de las armaduras hacían que alguno levantara la cabeza buscando al culpable. Los remos se hundían en el agua verde que no permitía ver el fondo, moviéndola sin apenas generar ruido. La vegetación cada vez se hacía más densa, anunciando que estaban en la jungla.

 

Pronto visualizarían el puerto. El rio les sirvió para bordear mientras dejaban a la vista el barco fondeado. Pronto los primeros rayos de luz atisbarían el horizonte. Pronto verían lo que ocurre.

 

 

Hombres de la tribu de Rathma peleaban sin cuartel ante una gran cantidad de demonios. El silencio se rompió de repente con la emboscada que las bestias soltaron en las pequeñas embarcaciones y casas del lugar. Al principio, una barrera mágica contenía a los demonios pero esta se fue resquebrajando.

 

Había bestias enormes entre ellos, otros más humanoides, acorazados y bien armados. Nunca habían visto unos siervos tan bien preparados para matar. Se acabaron las hordas fortuitas, los enclenques y los desorganizados. Estos se movían como una unidad, golpeaban como una sola fuerza y la cúpula comenzó a agrietarse.

 

La voz de mando no dudó, Linbeorn dio la señal de ataque y todos saltaron de los botes. Hacían pie y la travesía sería más rápida que en el concurrido cascaron que zozobraría a cualquier signo de combate. Y es cuando están a punto de alcanzar tierra para desenvainar y ayudar a la gente, cuando el barco de Meshif explota en mil pedazos.

 

Horrorizados no pueden evitar mirar hacia atrás, aún había compañeros dentro, no todos estaban allí. Pero no había tiempo para llorar muertes, no había tiempo de dudar. La protección se rompió en mil añicos y comenzó la masacre. No llegaron a tiempo para salvar a todos y los demonios se abalanzaron sobre ellos sin piedad.

 

El combate fue sin cuartel, el enemigo iba a por todas. No había forma de rechazarlo, cada vez había más muertes, cada vez había más heridos. El acero se cruzaba y chocaba con el Sol ya apareciendo y las bestias parecían aún más terroríficas durante el día. Sus ojos inyectados en sangre solo lanzaban el mensaje de que querían sus vidas.

 

Linbeorn tocó a retirada, no quedaba más remedio. Sólo un civil consiguió salir con la poca vida que le quedaba con ellos. Tocaba correr. Tocaba que los fuertes aguantaran y que los demás se replegaran. Un movimiento en falso y todos caerían juntos en esa tierra pantanosa.

 

Consiguieron escapar por los pelos y algunas bajas de la tripulación de Meshif. Los piratas no están hechos para combatir demonios y los Cruzados lo advirtieron una y otra vez. Al dejar al enemigo atrás les dio tiempo de hablar con Ormus, el líder espiritual de la aldea. El sólo dijo con murmullos:
- Los demonios han llegado a nuestra tierra. Todos estamos perdidos. El último bastión ha caído, ni mi magia fue tan poderosa para retenerlos. La humanidad está condenada, el Vagabundo pisó nuestro puerto. Los tres hermanos se unirán y pronosticarán cuando será el fin del mundo, cuando se abran las Puertas del Infierno. El templo de Zakarum… La ciudad del templo de Travincal… - con mucho esfuerzo entonó las últimas palabras para respirar por última vez.

 

Linbeorn lo tenía claro. Los demás debían avanzar y él se quedaría a buscar supervivientes. Xiuna insistió en quedarse con él, en no separarse, pero él sabía que estratégicamente lo mejor era que lo hicieran. Maldijo su conocimiento por no poder estar junto a su amada en la siguiente batalla. Ordkrum y Sonya le acompañan, así que estará más que bien protegido. Hizo falta varios para convencer a Xiuna de que era lo mejor.

 

Les ven partir hacia las pestilentes aguas del pantano, con la esperanza de encontrar a Laianna o a Ridley. Son demasiado astutos para que hayan muerto de esa manera y Linbeorn no pierde la esperanza.

 

Mientras los tres se pierden hacía el agua, el grupo comienza a adentrarse en la selva. Un lugar lleno de peligros, ya no solo animales o plantas venenosas, sino también demonios. Casi ninguno pelea en su entorno, el terreno es difícil y el clima no acompaña al ser tan húmedo.

 

Tenían claro que estaban en casa de la propia muerte, dónde todo te intenta matar.