El momento se acercaba, inexorable, como cada día. Ninguna escuela de magia hablaba del momento mágico del crepúsculo. El instante en que día y noche convivían, haciendo posible el acceso a energías insospechadas. Entes que no eran de este mundo. No le importaban las escuelas de magia, a decir verdad. Sus limitaciones y absurdas reglas y normas no hacían sino constreñir a la magia, limitarla, pervertirla. Él comprendía algunos de sus principios de manera innata, sin necesidad de tamizarlos a través del filtro de la razón.


Todo estaba dispuesto. La estancia era algo más que una habitación. Era un nodo de poder para su arte. Las ventanas daban libre paso al viento para que corriese libre, aunque de momento no soplaba ni una brizna del mismo. Los velos colgando del techo lo guiarían hasta el fondo de su santuario, donde el gran gong aguardaba, vibrante, brillante, expectante.


La figura del hechicero se recortaba contra la pared, en una sombra trémula, proyectada por una simple vela que danzaba en el centro del habitáculo. Con pasos firmes y solemnes recorrió el lugar, apoyándose en su bastón, algo que no necesitaba, pero había terminado por adoptar como costumbre. Un simple truco, más propio de prestidigitador que de un auténtico maestro de las artes, dejó el bastón clavado al suelo, en paralelo al gong. El viento recorrería toda la habitación hasta empujar el bastón contra el gong. El sonido reverberaría de vuelta, creando ondas que a su vez amplificarían el movimiento del aire.