De Magia y Muerte

 

 

El momento se acercaba, inexorable, como cada día. Ninguna escuela de magia hablaba del momento mágico del crepúsculo. El instante en que día y noche convivían, haciendo posible el acceso a energías insospechadas. Entes que no eran de este mundo. No le importaban las escuelas de magia, a decir verdad. Sus limitaciones y absurdas reglas y normas no hacían sino constreñir a la magia, limitarla, pervertirla. Él comprendía algunos de sus principios de manera innata, sin necesidad de tamizarlos a través del filtro de la razón.


Todo estaba dispuesto. La estancia era algo más que una habitación. Era un nodo de poder para su arte. Las ventanas daban libre paso al viento para que corriese libre, aunque de momento no soplaba ni una brizna del mismo. Los velos colgando del techo lo guiarían hasta el fondo de su santuario, donde el gran gong aguardaba, vibrante, brillante, expectante.


La figura del hechicero se recortaba contra la pared, en una sombra trémula, proyectada por una simple vela que danzaba en el centro del habitáculo. Con pasos firmes y solemnes recorrió el lugar, apoyándose en su bastón, algo que no necesitaba, pero había terminado por adoptar como costumbre. Un simple truco, más propio de prestidigitador que de un auténtico maestro de las artes, dejó el bastón clavado al suelo, en paralelo al gong. El viento recorrería toda la habitación hasta empujar el bastón contra el gong. El sonido reverberaría de vuelta, creando ondas que a su vez amplificarían el movimiento del aire.


El simple hecho de pensar en el momento álgido le hacía temblar por la anticipación. La impaciencia le obligaba a deambular por el lugar, retorciéndose las manos. Probablemente eso fue lo que le distrajo. Sus momentos estelares le habían granjeado demasiada atención, pero siempre había podido lidiar con ello. No importaba a cuántos lanzasen contra él. Estaban limitados por sus métodos, guardas y precauciones. Y él era poder en bruto, como un torrente de energía que no admitía oposición. Recordar esas grandes lecciones vitales a la Orden Arcana fue una nueva distracción. Una fatal.


Su sombra se recortaba contra el gong del fondo. Era imposible no ver la silueta que se cernía sobre su espalda desde la ventana, ¿no es así? La realidad demostró que si, cuando sintió el filo de la daga en su cuello. Frío, cortante, firme. Y un susurro.
-Tienes enemigos poderosos, hechicero- la voz era como el deslizar de una lápida sobre su propia tumba.
-¿Qué puedo decir? Sólo un idiota puede pasar su vida sin ofender a nadie.
-Realmente no importa mucho lo que tengas que…- el asesino frunció el ceño. En su honor hay que destacar que no se alteró en exceso al comprobar que su víctima había desaparecido de entre sus manos.


El tiempo de las palabras había pasado. El hechicero había aparecido a unos metros del asesino, preparado para luchar por su vida. No tenía muchas posibilidades frente a un miembro de la Orden de Asesinos. Rodó por el suelo alejándose de los tajos de su rival, armado con dos dagas. El contacto con diferentes ingredientes mágicos había afinado su olfato para determinados olores. Dagas envenenadas. Pronto se hizo evidente que no sería capaz de vencer en un cuerpo a cuerpo a un asesino. Ambos contrincantes jadeando y sudorosos, cansados tras el frenesí de la danza mortal, se miraron, frente a frente. El asesino también sabía que era cuestión de tiempo. Que había ganado. La Orden nunca fracasa.
-Me advirtieron sobre ti, escoria- dijo recuperando el aliento –Y he de reconocer que no está siendo fácil… Pero ambos sabemos que estás perdido. Tu bastón está fuera de tu alcance.
-Si que es… una situación peliaguda- era consciente de que cualquier movimiento en dirección al bastón desembocaría en una serie de giros, movimientos, saltos… que acabarían con su muerte. A no ser que…


Su rival eligió ese momento para pasar al ataque. Lanzó una de sus dagas, con mortal puntería, obligándole a exponerse para esquivarla. Por supuesto, la otra daga estaba a la espera en el lugar al que intentaba escapar. En ese momento, sin embargo, un único destello se reflejó en el gong. El crepúsculo había llegado, y el viento hizo moverse los velos. La daga quedó retenida a pocos centímetros de su cara, pese al titánico esfuerzo del asesino.
-¿Sabes? Tienes razón… es una lástima que mi bastón esté tan lejos- el viento alcanzó el bastón, proyectándolo contra el gong –Ahora esto será mucho más desagradable… y sucio.


El sonido vibró en una implacable oleada. Balzurg’Guul sintió el tirón de poder y una sonrisa macabra se dibujó en su rostro. El asesino sintió primero el viento, amplificado en su vuelta hacia la ventana. Empezó como una brisa molesta, que le agitaba el pelo hacia atrás. Pronto pasó de ser molesto a doloroso, amenazando con arrancarle la piel de la cara. Y entonces llegó el sonido. Como una tormenta estentórea azotando sus oídos, llevándole a la locura. Balzurg hizo un simple gesto con la mano, desencadenando la furia del los elementos sobre su enemigo. El bastón se agitaba como un péndulo colocado del revés, golpeando el gong en cada vuelta, mientras el asesino se veía contenido en el aire, inmóvil, mientras la tempestad le cegaba, hundiendo sus ojos en su propio cráneo. Los gritos no llegaban a oírse mientras su cuerpo se veía reducido a una masa sanguinolenta, conforme el viento giraba a velocidad vertiginosa a su alrededor, mondando la carne de sus huesos.


Cuando todo terminó, el lugar parecía el escenario de un sangriento y desagradable sacrificio. Tan sólo la daga flotaba en el aire, agitándose suavemente. El hechicero alzó la mano para recogerla cuando estaba a punto de ceder a la gravedad, y la empuñó, sopesándola. El sonido terminó por apaciguarse, dejando tan sólo un leve rastro de vibración alrededor de la hoja de la daga.
-Supongo que no hará daño ser un poco precavido…- dijo encogiéndose de hombros mientras ceñía el arma a su cinto. El crepúsculo había pasado, y la noche daba comienzo…

Acto II - Realizado por: Curro